Mi experiencia lésbica en el probador

By | July 20, 2015

El fresco que se notaba al entrar en aquellos grandes almacenes se agradecía, ya que afuera el calor se hacía insoportable.  Era un viernes por la tarde y había ido a comprarme algo de ropa ya que últimamente, ni ese capricho me podía permitir por falta de tiempo.

sexo lesbico en el probador

Me dirige a la planta de moda de señora, y después de media hora me decidí probar una falda de vuelo blanca con estampaciones de flores, un top blanco y otro negro.

Al acudir a los cambiadores para mi fastidio me di cuenta que no sabía cuantas piezas de ropa podía probarme al mismo tiempo, así que me dirigí a la dependienta más cercana que vi:

Por favor, ¿Cuantas piezas de ropa se permiten meter en el cambiador?

Mi interlocutora, una dependienta jovencita, pelo cortito, con un piercing en la nariz, me correspondió con una gran sonrisa, mientras me decía:

Pero no me recuerdas, soy Ana la de la fiesta del Viernes

De repente caí en la cuenta, me la habían presentado el Viernes por la noche en una fiesta, era una chica de apenas 23 años, con el pelo cortado a lo chico, pero con una cara muy guapa de niña traviesa, su desparpajo y su alegría me habían llamado la atención cuándo me la presentaron, al igual que la vestimenta que lucía aquella noche: con una blusa ceñida que insinuaba sus pequeños pechos, y que de forma disimulada se apreciaba la puntilla de su sujetador (aquella noche mientras que charlaba con ella y reíamos no podía por menos que bajar  la mirada a su escote e imaginarme como la lamería el pezón)

Pero aquella noche no solo me produjo sueños eróticos su escote sino aquellos leguins negros ajustados que cuando estaba sentada y hacia algún movimiento se le marcaba la rajilla, cosa que me hacia poner “muy burra”. Aquellas imágenes hicieron que al llegar a casa me tuviera que hacer un dedo…pero esa es otra historia…

Antes de que pudiera reaccionar me plantó un par de besos, y al sentirme agarrada por la cintura, un puntazo de deseo se hizo acto de presencia en mi estómago, aquel uniforme de falda azul y blusa blanca, era muy distinto a la ropa que llevaba el Viernes pero aun así, esas pechos tan redondos y pequeños, que encajaba un sujetador blanco impoluto, con encaje de una talla más o menos 85 me hacía que mi imaginación volara.

La expliqué que estaba haciendo allí y cuantas prendas podía meter en el cambiador, a lo cual me dijo:

Tú puedes meter las prendas que quieras, cielo

Me agarró de la mano y me condujo al probador que estaba al fondo, y me dijo si necesitas ayuda solo tienes que llamarme

La conteste: Ayuda no, pero consejo no me vendría nada mal, porque siempre estoy hecha un mar de dudas

Cogió las prendas que había elegido y me dijo pruébate la falda blanca, voy a buscar una blusa que creo que te encantará.

Una vez me quedé sola, me quité el pantalón, mirándome al espejo, creí percibir como ni tanga parecía húmedo, cosa que no me extrañaba, ya que esa niña me había vuelto a poner a cien solo con mirarme. Me puse la falda de volantes y me había quitado el último botón de la blusa, dejando al descubierto mi sujetador turquesa con puntilla en los ribetes, cuándo se abrió la puerta, y apareció Ana,  con una blusa rosácea, de seda.

Sin pudor ninguno se introdujo en el probador, cerró la puerta y sin cortarse un pelo, me dijo: Ojala tuviera yo unos pechos como los tuyos (de talla 95)

Al tiempo me ponía la mano en el hombro, se acercó a mi oreja y me susurro:

Las mujeres mayores son mi debilidad

Mi sexo rezumaba líquido, indicativo que mi libido estaba fuera de control, el oír su voz en mi oreja, el roce de sus pechos contra los míos semidesnudos, fue una combinación que hizo que mis pezones me delataran: la punta de los pezones pareció traspasar la tela de mi sujetador, y Ana se dio cuenta que mi cuerpo estaba pidiendo ser tomada por aquella jovencita con cara de niña traviesa.

Sentí sus labios por mi cuello, y una mano que me acariciaba los pechos, haciendo hincapié en mi pezón, aun oprimido por la tela de mi sujetador, mientras que yo apenas acertaba a agarrarla por la cintura. Era tal mi calentón que me sentía poseída por aquella chiquilla, que me estaba acariciando mis pechos, y poco a poco me iba buscando la boca, hasta que finalmente noté como introdujo su lengua en mi boca y empezó a bucear con ella.

Era un torbellino de pasión, era impetuosa y no se cortaba en nada, rezumaba hormonas, juventud y pasión en cada poro de su piel. Aquel era su día pero estaba claro que debería enseñarla…

Seguía de pies apoyada contra la pared, la blusa abierta, los pechos fuera del sujetador estaban siendo devorados literalmente porque aquella mujercita, que era todo frenesí, era verdaderamente una zorrita con mucha ansia de sexo.

Sin dejar de sobarme las tetas, se arrodilló, y metió sus manos por debajo de mi falda de vuelo aun por estrenar, y me bajó el tanga de color turquesa, sacándomelo complemente por los pies. Levantó su vista y al verme como la estaba mirando se llevó mi tanga a su nariz y lo olió, simplemente con aquel acto, supe que aquella niña, ya mujer, era todo una fiera en la cama.

Yo estaba fuera de mi, y simplemente cunado vi que introducía su cabeza debajo de mi falda sabía que el orgasmo que iba a tener iba a ser el mejor de mi vida. Sentí la lengua de Ana subir por el muslo hasta mi ingles, operación que repitió con la otra pierna pero acabando en mi sexo, empapado, chorreando, igual que una “charca de patos”, cosa que le pareció agradar a mi pequeña zorrita porque lo que hizo fue lamérmelo con tanto ahínco que en menos de diez segundo me lo había secado. Yo estaba fuera de mí, mis intentos de ahogar mis jadeos, no creo que dieran resultado y era evidente que desde otros probadores estarían oyendo lo que allí estaba pasando.

Ana seguía comiéndome el coño, cuando noté como me separaba los labios vaginales con dos dedos y note como introducía la punta de su lengua en mi coño, y ahí ya no pude reprimirme más y explosioné en un orgasmo de tal calibre que llene de semen la comisura de los labios de mi pequeña zorrita.

Cuando acabe de correrme durante uno segundos sentí como Ana, con su cabeza aun debajo de mi falda, siguió lamiendo mi coño de señora discreta.

Acto seguido se levantó acercó su cara a mi y me dio un suave beso en los labios (estaba saboreando por primera vez mi propio semen…y me gustaba!!)  Me abrazó, momento en el cual aproveché para sacar fuerza de donde no las tenía para decirla:

Eres mi pequeña zorrita y una señora como yo necesita de una zorrita pasional y viciosa como tú ¡!